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lunes, 26 de septiembre de 2016

CONVALECENCIA



Hoy es el primer día que la señora Inga H. vuelve a pisar una de las denominadas zonas de alto riesgo, como parte de su terapia. Su terapeuta Josephine K. no se separa de ella ni un instante. No quiere perder detalle de sus sensaciones e impresiones. Así ha sido los últimos meses, en los que, paso a paso, la señora Inga H. ha cumplido con rigor todos los tratamientos requeridos para paliar su profunda adicción.

La señora Inga H. se siente nerviosa, tal y como Josephine K. le había advertido. Sin embargo, tiene ganas de afrontar este nuevo reto. Al entrar por la puerta principal del centro comercial Sur, la señora Inga H. recibe en su mente un cúmulo de recuerdos relacionados con aquel lugar. En casi todos se dibuja a sí misma comprando y comprando sin parar.

Es curioso que hace menos de un siglo los centros comerciales estaban repletos de gente a todas horas. Familias o amigos que iban a pasar la tarde, pero que acababan comiendo una hamburguesa, viendo una película comercial o comprándose unos pantalones. De hecho, estos lugares se crearon con este propósito: provocar en el ciudadano un impulso irrefrenable que le obligara a dejarse el dinero. En los escaparates se ofrecían reclamos, las empresas invertían en publicidad, todo estaba estudiado para que las personas no tuvieran más remedio que acabar comprando. La sociedad era cómplice de este gran engaño. Y es también cierto que toda la economía mundial se fundamentaba en el consumo. Mientras medio mundo se moría de hambre o malvivía sin recursos, la otra mitad se llenaba de artículos innecesarios. Ésto acabó enriqueciendo a unos pocos y arruinando a otros, como era de esperar. Por suerte, este sistema desapareció hace muchos años, con la introducción de medidas como el límite en la acumulación de propiedades y las leyes a favor de la equiparación de la riqueza. Ahora el mundo es mucho más justo: nadie muere de hambre ni carece de medicinas y nadie acumula fortunas.

La señora Inga H. y su terapeuta Josephine K. entran en una tienda donde se venden bolsos y carteras. Ambas observan el género y comentan las sensaciones de la paciente. Luego pasean por una tienda de ropa y otra de zapatos. La visita por el centro dura algo más de una hora y concluye de nuevo en la puerta de entrada. El resultado es muy satisfactorio, ya que la señora Inga H. no ha sentido en ningún momento la necesidad de comprar. El siguiente reto será otra visita al centro comercial Sur, pero esta vez en solitario, que prepararán a conciencia durante la siguiente semana. La doctora Josephine K. explica a la señora Inga H. que su síndrome es muy extraño en la psiquiatría actual. Tan sólo se produce en una de cada cien mil personas.

Sin embargo le informa que hace un siglo no era considerada una enfermedad, sino un hábito practicado por casi toda la población: el comportamiento habitual.
- Por aquel entonces - le dice - todo el mundo compraba cosas sin necesitarlas.
- Quizás es que me he equivocado de época... - bromea la señora Inga H., mientras sube al coche.

- Es posible. - le contesta sonriendo la doctora Josephine K.

jueves, 8 de septiembre de 2016

UNO, DOS, TRES,... O CUATRO

El calmante comienza a hacer efecto y el dolor disminuye progresivamente. Tumbado sobre el camastro de la habitación del hospital, Alan H. entra en un estado de somnolencia. Cierra los ojos y pierde la conciencia, pero no llega a experimentar un sueño profundo. 
Su mente dibuja una escena del pasado, que se debate entre un recuerdo y una ilusión. Está con sus dos hermanos mayores en el embalse donde solían bañarse todos los veranos en el pueblo de sus padres. Los tres están en la plataforma, dispuestos a darse el primer chapuzón del día. Pero saben que el agua está muy fría, al menos esa es la primera impresión. Una vez superada ésta el baño resulta de lo más placentero. Deciden contar hasta tres para lanzarse a la vez. De este modo cuentan al unísono: uno, dos, tres. Al pronunciar tres Alan H. se tira al agua y sus dos hermanos permanecen sobre la plataforma riéndose de él, que muerto de frío nada como puede hasta la orilla. Su hermano mayor le dice que la cuenta era uno, dos, tres, y entonces tirarse.

Alan H. abre los ojos y vuelve a encontrarse frente a su cuerpo inmovilizado y enyesado de cintura para abajo. Su sueño de correr una maratón deberá esperar, al menos por un tiempo. Ahora que había conseguido entrenarse a fondo y prácticamente estaba preparado.

El silencio vuelve a hacer cerrar los ojos a Alan H., que ahora comienza a revivir el accidente. Llevaba cerca de dos horas corriendo por la pista forestal y sus piernas comenzaban a notar el lógico cansancio. Al salir de una curva se encontró con una motocicleta de frente y a toda velocidad. El piloto pudo frenar en seco y evitar el atropello. En seguida le pidió disculpas con la mano, que Alan H., aún asustado, aceptó. El motorista señaló hacia atrás e indicó el número tres con la mano. Alan H. le dio las gracias. Así pues prosiguió su trote cansino con la precaución de quien sabe va a toparse con dos nuevas sorpresas. De este modo llegó la segunda moto y la tercera, que Alan H. vio pasar desde el borde de la pista forestal. Entonces miró el cronómetro y decidió acelerar el ritmo hasta casa. Con la confianza de saber que ya no se encontraría ningún otro vehículo de cara, se situó de nuevo en mitad de la pista forestal y comenzó a correr más deprisa. Pero apenas dio una docena de zancadas una cuarta motocicleta le arrolló violentamente y le lanzó barranco abajo. Alan H. no pudo reaccionar. Luego vino la inconsciencia, la ambulancia, las fracturas múltiples, las operaciones, y ahora el camastro.

En el pasillo del hospital los dos hermanos de Alan H. hablan con dos de los cuatro motoristas sobre el accidente y sobre las cláusulas del contrato del seguro de responsabilidad de los vehículos. Uno de ellos les comenta que él estuvo a punto de topar con su hermano pero que luego le informó que tras él venían tres motos más. Insiste en que Alan H. pareció entenderle.

Desde su camastro, medio dormido, Alan H. oye voces en el pasillo. Distingue una, dos, tres,… o quizás cuatro.

sábado, 21 de mayo de 2016

LA COLA DEL PEZ

Thomas U. sufre una extraña patología psicológica, que afecta a muy pocos individuos. Se trata de una extraña reacción en el cerebro que desencadena la visualización imaginaria de un accidente. Es decir, Thomas U. intuye catástrofes donde no las hay. Pero lo grave de esta afección es que se produce a cada momento, incluso en las situaciones menos propicias. Lo que en algunos individuos supone un mecanismo de defensa y prevención, en Thomas U., debido a su alta frecuencia, supone un auténtico suplicio y sufrimiento.
Todos miramos a un lado y otro de la calle antes de cruzar y cuando pasa el coche por nuestro lado, a veces la mente nos juega una mala pasada e imagina que el coche nos chafa un pie o atropella un perro. Thomas U., en esa situación, ve el edificio caer sobre el coche, el coche atropellando a todos los peatones que esperan en el semáforo, una bomba que explota, un terremoto que abre la tierra y engulle a todo ser...
Para Thomas U., una situación normal se convierte en una película apocalíptica. Cuantos más actores tiene una escena, más imágenes se generan debido a su patología. Cuando, por ejemplo, Thomas U. entra en el vagón de un metro y se cierran las puertas, comienzan los infartos, los disparos, se apagan las luces, descarrilamiento, destrucción, sangre, fuego, explosión...

Los únicos momentos en los que Thomas U.se encuentra a gusto es cuando disfruta de su afición preferida: ver películas de acción, bélicas o de catástrofes. Thomas es adicto a ellas desde niño y tiene una de las mayores colecciones del mundo. Thomas U. dedica cada vez más tiempo a visionarlas, puesto que le mantiene relajado y lejos de su trauma.

lunes, 9 de mayo de 2016

LA OTRA MIRADA

Una avería en las tuberías del gas ha dejado sin servicio a unos ochocientos vecinos del barrio. Los operarios se esfuerzan en reponer los daños, pero parece que la cosa va para largo. En plena ola de frío muchos de los afectados se han quedado sin calefacción.
Los reporteros no tardan en llegar al lugar de la noticia. Instruidos por sus superiores van en busca de carnaza: deben conseguir los testimonios más dramáticos, los más emotivos, los que más audiencia generen. Dadas las circunstancias, la tarea no debe ser muy complicada. Con toda seguridad tendrán donde elegir.
La primera entrevistada es una joven que ha comprado una cocina y una estufa eléctrica. Considera su situación soportable y cree que la gente mayor es la que más va a sufrir. Una abuela enfundada en una manta sonríe delante de una estufa de gas. Dice que se ha hecho unas tostadas con aceite y que su día a día no ha cambiado mucho, pasa las horas frente al televisor. Comenta que peor lo tienen las familias con niños. Un matrimonio carga un radiador en el maletero y también sonríen a cámara. Dicen tener la situación controlada. Sus hijos juegan en el asiento trasero del vehículo. Otro vecino pasea a su perro y confiesa que estos días duerme con él. Quizás hacía años que ambos lo deseaban y ahora han aprovechado la coyuntura... Y así un testimonio tras otro. Ninguna queja, ninguna palabra más alta que otra, ningún síntoma de alteración. Los reporteros sólo encuentran serenidad en el vecindario.
Después del montaje de las imágenes y de su posterior emisión, las consecuencias de la avería del gas no parecen tan graves. Pero visionadas una y otra vez en los sucesivos informativos, éstas muestran una curiosa revelación. Todos los afectados tienen el mismo estigma en su mirada. Una mirada que transmite determinación, la mirada de quien ha sabido resolver un problema urgente. Es la mirada de quien ha podido escapar de la sedante rutina y se ha visto obligado a actuar. Es una mirada viva.

Cinco días después la avería en las tuberías del gas sigue sin resolverse. Los reporteros vuelven a desplazarse al barrio para volver a encontrarse con los vecinos y, esta vez sí, consiguen lo que vinieron a buscar el primer día. Entre su indignación, su estado anímico, sus reproches y su agotamiento no queda ni rastro de aquella mirada. Quizás ésta volvería con una nevada, o con un corte de luz,...

viernes, 29 de abril de 2016

Entrevista en la radio, Una hora con Angelique

Escuchar y descargar audio: http://www.ivoox.com/11320908

Angelique Pfitzner y Ángeles Gallardo
El pasado martes, 26 de abril, Angelique Pfitzner, escritora de novela negra, y directora del programa de radio, Una hora con Angelique,  en la emisora online, Es mi radio,  nos invitó a mí y a la responsable editorial, Ángeles Gallardo, para presentar La naturaleza del fuego.

Ha sido una experiencia enriquecedora, nunca había participado en una entrevista de radio, y además al principio cuando me informaron que había que hablar durante una hora, confieso que me asusté un poco, pero todo fue fluyendo de forma amena e incluso divertida gracias a la profesionalidad de Angelique , quien como escritora, sabe cómo te sientes en todo momento cuándo te preguntan temas relacionados con tu obra o tus personajes.


Lo curioso es que sigo descubriendo nuevos matices del personaje, Víctor,  y de la obra en sí, a pesar que hace ya varios años que la escribí, es un camino de convivencia y paciencia la relación obra-escritor, tal vez el personaje que algún día creé ahora vive su vida y se crece con las experiencias de los lectores. Tal vez algún día me lo reencuentre y me pida una segunda parte de su historia, tal vez desaparezca para siempre…¡Todo está por escribir!

jueves, 21 de abril de 2016

DESALUDADOS


Igor es un tipo normal. Elabora quesos con leche de oveja siguiendo un procedimiento artesanal. Es la tercera generación de queseros. Vive en un pueblo donde todo el mundo se saluda por la calle, aunque no todo el mundo se conoce. Hay poblaciones donde todos se conocen, pero no todos se saludan. También hay otras donde muy pocos se conocen y casi nadie saluda.
Dos veces al mes Igor se desplaza hasta la ciudad, para visitar a sus clientes. La mayoría compran sus quesos desde hace muchos años. Muchos de ellos ya eran clientes de su padre y algunos incluso de su abuelo. Comercios tradicionales, paradas de mercado, alguna quesería…
Para Igor, acostumbrado a la tranquilidad de su pueblo, un día en la ciudad supone una alteración considerable de su estado de ánimo. Le es imposible controlar tanto movimiento, tanta información, tanta prisa, tanto estrés, tantas caras diferentes...
Desde hace algún tiempo, los días que camina por la ciudad, Igor viene experimentando el mismo curioso proceso. Éste se desencadena a media mañana, cuando el quesero se fija en una cara que cree reconocer, aunque no sabe de qué. Al cabo de un rato le vuelve a suceder lo mismo con otra cara diferente. Igor siempre ha tenido mucha memoria para recordar una cara, pero ésta le falla ante tal abundancia. A medida que transcurre la jornada, el fenómeno se reitera, cada vez con una frecuencia mayor. Hasta que a media tarde llega un punto en el que Igor, observe la cara que observe, cree reconocerla. A veces incluso llega a saludar a alguien, que lo mira extrañado o indiferente. Cuando llega a esta situación, Igor sabe que es el momento de regresar a casa. Igor es un tipo normal.





miércoles, 13 de abril de 2016

COLECCIÓN




En el momento de elegir una recopilación el coleccionista deberá tener en cuenta la naturaleza de su futura infelicidad.
Si escoge una colección infinita su alma ansiosa no encontrará la calma que únicamente proporciona su consecución.
Si por el contrario decide emprender una colección limitada, tarde o temprano conseguirá finalizarla. Y entonces le invadirá un enorme vacío al desaparecer el placer que únicamente le brinda la búsqueda.

Eterno dilema.

martes, 29 de marzo de 2016

UNA HOJA EN BLANCO

Hoja en blanco
Sin saber cómo, Maika había abandonado todas sus aficiones. Nada de nieve, nada de música, nada de fiesta. Desde hacía varios fines de semana, como dirigida por una extraña fuerza ajena a su conocimiento, Maika agarraba su deportivo y conducía hasta cualquier población elegida al azar. Una vez allí recorría, una a una, todas sus calles, dejando la mente en blanco y abandonándose a sus instintos. El trabajo de asesora bursátil puede resultar muy estresante.


Esa mañana Maika caminaba inconsciente por las calles de un pueblecito costero, disfrutando del sol al final de un invierno frío, casi tan placentero como una lluvia en un verano caluroso. Dulce y salado. Al llegar a una pequeña plazuela, se encontró cara a cara con Olaff, un joven del lugar. Sin saber por qué, se dirigió a él. Pronto caminaban juntos y charlaban. Su conversación sincera les guiaba sin rumbo. Maika se alejó del mundo bursátil y Olaff descubrió otras vistas para su universo. Maika doblaba en edad a Olaff, pero eso no condicionó su diálogo. Hablaron de la interpretación, de las terapias alternativas, de la literatura, de la educación, de los perros y de los gatos, del ser humano, del arte, de la expresión, de la energía que todo lo mueve, de los símbolos, del destino... Hablaron y escucharon. Subieron a la montaña junto al pueblo y desde el mirador lo vieron todo desde arriba, diferente. Respetaron los silencios y dejaron pasar las nubes. Luego descendieron de nuevo a la realidad del nivel del mar. Se despidieron.


En el asiento de su deportivo Maika pensó que cuando todo está por escribir no existe nada mejor que una hoja en blanco. Eso ocurre casi siempre y es gratis.

miércoles, 24 de febrero de 2016

...Y de repente soy escritor

Podría empezar diciendo cómo me llamo, pero eso es bastante obvio dado el nombre del blog. También podría empezar diciendo que no tengo ni idea de qué escribir en este espacio como casi todos los bloggers , lo que encuentro bastante falso porque si escribimos es para que alguien nos lea. Ya que la idea de para qué inauguro este espacio es un poco confusa pues intentaré explicar qué es lo que espero de los lectores: que me conozcan como escritor.
Parece muy fácil o tal vez arrogante el auto considerarse “escritor” pero me ha costado mi trabajo. No soy un escritor precoz, de esos que nacen con un talento innato y ganan concursos desde su más tierna infancia. Soy un escritor auto descubierto, empecé tímidamente con relatos cortos,  y hasta hace unos tres o cuatro años no  hubiera imaginado escribir una novela. Ahora ya he escrito y publicado dos y voy por la tercera.
La fruta madura, Marlex editorial 2013
La naturaleza del fuego, Marlex editorial 2014

Me considero poseído por la necesidad de escribir. Hace unos años era como un regalo que me concedía a mí mismo. Decidía sentarme al final del día y escribir pequeños relatos cortos, historias perfectas resueltas en poco más de diez páginas. Había historias curiosas, siempre con algo de misterio vital en ellas. Sin embargo en los últimos años la vida es una excusa para escribir.
Por “misterio vital” me refiero a situaciones que ocurren o pueden ocurrir en la vida real que parecen historias imposibles por su extrañeza o imposibilidad lógica para que ocurran, no obstante como la realidad siempre supera la ficción, no hay relato que peque de ser demasiado imaginativo.

Otra de las razones por las que he creado este espacio es para “hablar de mis libros”, los míos en cuanto que están escritos por mí, y también los “otros míos” es decir aquellos que me han llevado a ser lo que soy ahora: los libros que he leído. Porque si todavía dudo de ser escritor, lo que no tengo ninguna duda es que soy lector. Mis padres eran maestros los dos y crecí entre libros y exámenes corregidos. Y leí desde que pude hacerlo, e incluso tuve pesadillas de lo leído. Mis fantasmas y deseos nacen de la lectura y se suman a mis experiencias vividas con tal ansia que a veces me cuesta saber lo que he vivido y lo que he leído.

Voy a parar aquí porque no quiero contarlo todo de una vez. Voy a dosificarme a mí mismo en entregas y así conocernos lentamente, dejando siempre alguna información para la próxima vez que decidáis leerme.