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domingo, 16 de octubre de 2016

EL TOBOGÁN

Nos empujan para colocarnos al principio de la escalera y nos enseñan a subir los primeros escalones.
Poco a poco aprendemos a hacerlo sin ayuda y vamos adquiriendo seguridad. Observamos el paisaje con calma, nítido, y a cada paso desde más alto. Queremos correr más de la cuenta y nos da la sensación de que nunca llegamos arriba.
Un día dejamos de ascender y comenzamos a deslizarnos. Parece divertido y menos cansado. Pero cada vez vamos a más velocidad y sin opción de frenar. El paisaje comienza a distorsionarse. Recordamos el tiempo de subir los escalones y soñamos mirando hacia el cielo, donde parece que dejemos de percibir el movimiento. Pero éste no cesa. Nunca.
Y ahí seguimos embalados, sin control, con la duda de cuándo y cómo será la caída. Y si dolerá...
Cada minuto completa una hora y cada segundo un año.

Y no pasa nada.

jueves, 21 de abril de 2016

DESALUDADOS


Igor es un tipo normal. Elabora quesos con leche de oveja siguiendo un procedimiento artesanal. Es la tercera generación de queseros. Vive en un pueblo donde todo el mundo se saluda por la calle, aunque no todo el mundo se conoce. Hay poblaciones donde todos se conocen, pero no todos se saludan. También hay otras donde muy pocos se conocen y casi nadie saluda.
Dos veces al mes Igor se desplaza hasta la ciudad, para visitar a sus clientes. La mayoría compran sus quesos desde hace muchos años. Muchos de ellos ya eran clientes de su padre y algunos incluso de su abuelo. Comercios tradicionales, paradas de mercado, alguna quesería…
Para Igor, acostumbrado a la tranquilidad de su pueblo, un día en la ciudad supone una alteración considerable de su estado de ánimo. Le es imposible controlar tanto movimiento, tanta información, tanta prisa, tanto estrés, tantas caras diferentes...
Desde hace algún tiempo, los días que camina por la ciudad, Igor viene experimentando el mismo curioso proceso. Éste se desencadena a media mañana, cuando el quesero se fija en una cara que cree reconocer, aunque no sabe de qué. Al cabo de un rato le vuelve a suceder lo mismo con otra cara diferente. Igor siempre ha tenido mucha memoria para recordar una cara, pero ésta le falla ante tal abundancia. A medida que transcurre la jornada, el fenómeno se reitera, cada vez con una frecuencia mayor. Hasta que a media tarde llega un punto en el que Igor, observe la cara que observe, cree reconocerla. A veces incluso llega a saludar a alguien, que lo mira extrañado o indiferente. Cuando llega a esta situación, Igor sabe que es el momento de regresar a casa. Igor es un tipo normal.