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miércoles, 4 de enero de 2017

La fruta madura, ya está a la venta

Mi novela, La Fruta madura, ya está a la venta en Barcelona, puede que no esté en todos los puntos y librerías que nos gustaría pero poco a poco, podéis pedirla en las librerías y ellos al distribuidor. La distribuye Ben Vil, SA y la editorial es MARLEX EDITORIAL, se vende por 18,00 euros y la cubierta es rústica con solapas.
Os adelanto un poco el argumento: la trama gira entorno a la historia de un niño que se perdió en el exilio de la guerra Civil Española y que su hijo intentará recuperar su verdadera identidad en los años 90. Una aventura con tres protagonistas que crecen en la novela y se entrecruzan para acabar siendo amigos y responsables de una parte de la historia del niño perdido.
¡Espero os guste! Ha llegado en un momento en el que he acabado de desarrollar al personaje que nació en esta primera obra, Mario Bizarri.  La fruta madura es su primera aventura por Barcelona, y os adelanto no será la última. Varios personajes que aparecen en esta obra también seguirán evolucionando e irán apareciendo en la vida de Mario. 
Sin duda Barcelona y sus historias le han cautivado su corazón argentino y ya no podrá abandonar esta ciudad. Hay algo de magia en esta historia, algo de juego de la vida, que nos cautiva a todos.
Feliz año a todos y estoy seguro que el 2017 será un buen año llego de buenas historias para vivirlas y contarlas. 
Os dejo los datos técnicos de la obra por si queréis buscarla, está disponible en Amazon servicio Premium o en Kindle

Título: La fruta madura
ISBN: 9788494602818
Precio: 18,00€
Editorial: Marlex Editorial
Colección: Todosleemos

sábado, 17 de septiembre de 2016

INFLEXIÓN

La familia K regresa de sus vacaciones estivales.
El señor K, la señora K y sus dos hijas han pasado prácticamente un mes en una localidad de la costa, disfrutando de la playa y de sus amigos. Durante sus vacaciones, la familia K ha tenido múltiples encuentros con amigos. Han quedado con ellos para comer o cenar. Algunos, incluso, se han quedado a dormir en el apartamento que los K alquilan desde hace años. El señor K y la señora K son una pareja amigable; son de aquellas personas que caen bien a todo el mundo y que gozan de una vida social ejemplar. Durante sus vacaciones, los K han hecho nuevas amistades, sobretodo parejas con hijos de aproximadamente la misma edad que las suyas.
El señor K abre la puerta de entrada de su casa y toda la familia ayuda a entrar las maletas. Están contentos, vuelven a oler el aroma inconfundible de su hogar.

Los K son una familia bien considerada en el pueblo donde viven: La señora K trabaja en la oficina de correos y el señor K regenta un negocio de jardinería; todo el pueblo los conoce. El lugar es muy tranquilo e invita a la confianza entre vecinos. La señora K va al trabajo en bicicleta y jamás ha requerido un candado para evitar su posible hurto. La puerta de entrada a la casa de los K se encuentra casi siempre abierta y rara es la vez que se cierra con llave. El señor y la señora K colaboran con todas las actividades de la población: comisiones de fiestas, juntas de vecinos, asociaciones del colegio,...

Al dejar la maleta sobre la cama de matrimonio, la señora K nota algo extraño. Mira a su alrededor y todo está en orden, pero ella sigue teniendo la sensación de que alguien ha estado allí recientemente. Entonces se apresura a mirar dentro del armario, donde guarda sus joyas. La señora K no tiene joyas económicamente preciadas. La mayoría son quincalla barata, pero guarda una sortija que le regaló su madre y que era de su bisabuela con cierto valor, sobre todo sentimental. Al abrir la caja roja que habitualmente la contiene el corazón le da un vuelco al comprobar que no está. La señora K sale corriendo de la habitación e informa alarmada a su marido.
                 - ¡Alguien ha entrado! ¡Nos han robado!- le dice.

Ambos se apresuran a cerciorarse del hurto y, una vez comprobado, deciden cómo proceder. Están nerviosos, ya que la situación a la que se enfrentan es nueva para ellos. Las niñas de los K se ven contagiadas por su estrés y comienzan a sentir un miedo que no conocían, que es el peor que se puede sentir. El señor y la señora K intentan tranquilizarlas, pero es una tarea difícil. El señor K examina detenidamente todas las habitaciones de la casa, comprobando que los ladrones no se han llevado, al menos aparentemente, nada más. Sin embargo, en su mesa de herramientas nota también la sensación de que alguien las ha estado toqueteando y las ha dejado desordenadas. Los K comienzan a sentir que alguien ha invadido su intimidad. Y es raro pues ellos la compartían con todo el mundo.
Por la noche, al señor y la señora K les cuesta conciliar el sueño. Necesitan saber qué van a hacer con el tema que le preocupa para dormir tranquilos. Finalmente deciden que contratarán una alarma para evitar más robos. A primera hora de la mañana, el señor K llama a un conocido del sector, y esa misma tarde tienen instalado todo el equipo de seguridad. Los instruyen a sus hijas en el manejo del mismo. Los K se sienten un poco más seguros, pero no quieren dejar ningún fleco en su protección, así que en una semana colocan rejas de hierro en todas las puertas y ventanas de la casa. Además hacen construir un muro alrededor del jardín con puntas de acero en su parte superior y cambian la puerta de entrada, blindada y con una cerradura de seguridad extrema.
Los K se sienten más seguros.
La señora K, sin embargo, comienza a alimentar la teoría de que el robo de la sortija se produjo por alguien que conocía el sitio en el que ella la guardaba. Es muy extraño que no hubiera ningún resto evidente de registro de cajones. Además no se llevaron nada más. Pronto convence al señor K, totalmente sugestionado por la situación, de que el ladrón es alguien conocido, a quien quizás ella, en un exceso de confianza, le enseñó la sortija de su bisabuela. Elaboran una primera lista de sospechosos. Sin embargo, la posibilidad de que alguien de la lista comentara el escondite de la joya con algún conocido, la hace crecer desmesuradamente. Los K sospechan de todo el mundo.
La familia K eliminan por completo sus relaciones sociales. Se dan de baja de las comisiones de fiestas y otras organizaciones del pueblo. No participan en ningún acto público. No quedan con nadie, tan sólo saludan fríamente a los vecinos. No dejan que sus hijas vayan a casa de ningún amigo de la escuela ni reciben ninguna visita externa. Ni siquiera se ven con la familia. Pronto la situación comienza a ser insostenible. Los K están acostumbrados a llevar una vida social muy activa y ahora se sienten totalmente descolocados. Poco a poco, en cambio, se hacen fuertes el uno con el otro y contagian esa unión a sus hijas.
La señora K deja su trabajo en la oficina de correos y, convencida por su marido, comienza a dedicarse a su gran pasión: pintar. El señor K vende su empresa e invierte el dinero en bolsa, lo que le reportará unos benecifios que les permitirán vivir de renta un tiempo. Los K pasan mucho tiempo juntos y están más unidos y enamorados que nunca. Piensan en tener otro hijo. Se sienten fuertes y capaces de cualquier cosa. El señor K propone a la señora K que podrían irse a vivir a una isla griega que visitaron en su viaje de novios. La señora K piensa que es una locura, pero por otro lado la mejor decisión que podrían tomar. Las hijas están encantadas de ir a vivir a un lugar paradisíaco del que sus padres les han hablado tantas veces. Los K ponen su vivienda en venta y, después de bajar su precio un par de veces, en pocos meses tienen un comprador. El señor K arregla todos los papeles y consigue un empleo de cocinero en la isla. Se siente feliz, como el que está a punto de tocar un sueño con las puntas de los dedos. La señora K está más ilusionada que nunca, en el mejor momento de su vida. Cuando suban al avión le dirá al señor K que está embarazada, que pronto tendrán un hijo... griego.
Los K deben abandonar su casa en una semana y se apresuran en hacer la mudanza. Sienten la nostalgia del que abandona un lugar en el que ha vivido durante mucho tiempo y en el que ha sido feliz. El señor K y sus hijas embalan cajas, mientras la señora K se encarga de sacar los libros de la librería. “Es extraordinario el polvo que se puede acumular a su alrededor...”, piensa. De pronto, tras una recopilación de cuentos de Herman Hesse, la señora K no puede creer lo que ha encontrado. Es la sortija de su bisabuela. La coge con los dedos y mientras la observa y le quita el polvo, recuerda, ahora sí, el momento en el que la escondió allí, antes de irse de vacaciones. La señora K se sienta y medita un instante. Pronto se levanta y llama a su marido:
- ¡Cariño!
- ¿Si, querida? - contesta él.
- ¿Quieres que hagamos un descanso y comemos algo? -pregunta.
- Perfecto, las chicas y yo estamos hambrientos.


La señora K va hacia el cuarto de baño y se sienta a orinar. Cuando acaba envuelve la sortija en papel higiénico y la arroja por el retrete. Tira de la cadena y se asegura que la tubería la ha engullido. Por si acaso tira de ella otra vez y cierra la tapa.

lunes, 11 de julio de 2016

ENCUENTROS


La primera vez que se encontró con ella, L era aún un imberbe adolescente, mitad niño, mitad hombre. Fue entre la gente, en medio de un mercado ambulante, en pleno verano, en una mañana de sábado cualquiera. L acompañaba a su madre, ayudándole a cargar las bolsas de la compra, actividad en la que no tenía puestas demasiadas expectativas en cuanto a su nivel de diversión. Pero de pronto, mientras aguardaba el turno en la frutería, a escasos metros apareció ella. L jamás había visto nada igual.
Lo primero que le llamó la atención fue su altura, muy por encima de toda la gente que la rodeaba. Luego examinó su original indumentaria. A pesar de estar en mitad del mes de julio, con un calor asfixiante, su atuendo era como el de alguien que quisiera protegerse del frío. Se camuflaba tras una gabardina gris, con todos sus botones abrochados y con el cinturón bien prieto, que le llegaba hasta los zapatos, negros y muy limpios, como acabados de embetunar. Alrededor de su cuello un pañuelo negro enrollado y sobre su cabeza un sombrero de paja de ala estrecha, también gris. Impedía la visión de sus ojos con unas gafas de sol de cristales tintados.
Fueron apenas unos segundos, en los que L quedo impresionado por aquella visión. Fue como vislumbrar una imagen en alta definición en medio de una realidad borrosa y en blanco y negro. Se fijó en su andar, seguro y acompasado. Luego en la expresión de su cara, seria, enigmática, como si ocultara un misterio de grandes dimensiones. A pesar de ocultar su mirada, daba la impresión de tenerla fija en su objetivo y de no detenerse ante nada.
L se quedó paralizado, sin poder reaccionar. Observó su espalda mientras se iba, calle abajo, entre las gentes. Entonces, tras unos segundos en el limbo, L sintió la necesidad de ir tras ella, de seguirla, de no dejarla escapar. Dejó las bolsas en el suelo y salió corriendo, siguiendo la estela que ella había dejado. El corazón le iba cada vez más rápido, entregado al deseo de volver a verla. Al llegar al primer cruce de caminos, L se detuvo y miró en las tres direcciones que de él se derivaban. Observó a la izquierda y no la vio. Miró al frente y obtuvo el mismo resultado, así que decidió seguir hacia la derecha. Pero a medida que iba atravesando la calle se daba cuenta de que probablemente había perdido su rastro. Y así fue. Recorrió el mercado de arriba a abajo varias veces, atravesó sus callejuelas y examinó todos sus tenderetes, pero no dio ni siquiera con una pista. La bronca de su madre por haberla abandonado no fue nada en comparación con la desesperación y el desconsuelo que le abordaron durante los siguientes días. Cada sábado, a primerísima hora de la mañana, llegaba al mercado e iniciaba su búsqueda particular, entre todas aquellas caras, ajenas a su dolor y a su ilusión.
Con el paso de los meses la ilusión fue apagándose poco a poco, y en primavera el dolor era tan solo un recuerdo. L dejó de ir al mercado los sábados por la mañana, que aprovechaba para dormir hasta un poco más tarde que durante la semana. Y más si algún viernes por la noche salía con sus amigos y trasnochaba.
Fue durante su etapa universitaria, en la ciudad, algunos años después, cuando el joven L se encontró con ella por segunda vez. Era una tarde de viernes y L regresaba a la pensión donde se aojaba. Como siempre realizó el mismo trayecto en metro, con un trasbordo de por medio, que separaba la facultad de su provisional morada. L iba distraído con sus pensamientos, orientados por momentos a los estudios y, al rato, al ocio. Descendió al andén en la estación donde realizaba el cambio de línea de metro y encaminó sus pasos hacia el túnel, desplazándose en paralelo con el tren aún detenido. En aquella hora, como en casi todas, el metro estaba a reventar de pasajeros, moviéndose en todas las direcciones, con una prisa, a veces justificada y otras por contagio. Y entonces L fijó la vista por un instante en el interior del vagón anterior por el que él había descendido. Y allí estaba de nuevo ella, exactamente tal y como él la recordaba. Con el mismo atuendo: gabardina gris, sombrero, pañuelo y gafas de sol. Estaba sentada al lado de la ventanilla, apenas a un metro de él, separados únicamente por el cristal. L se quedó petrificado un instante y reaccionó tarde, justo cuando ya se cerraban las puertas del metro y éste iniciaba su recorrido. Salió corriendo a su lado, haciendo gestos y gritando para llamar su atención. El tren aceleró lo suficiente para que L se diera por vencido. Pero justo antes de perder su visión ella le entregó una sonrisa, que para él fue un premio casi suficiente.
Los siguientes días, cuando entraba al metro lo recorría de una punta a la otra, fijándose en cada pasajero, con la esperanza de volver a disfrutar de aquella sonrisa. Pero fue en vano. Al igual que años atrás, tampoco consiguió su propósito.
Estuvo durante un tiempo algo consternado, meditabundo y despistado. Nada que ver, sin embargo, con la crisis sufrida la primera vez que la perdió de vista. Su madurez actual, unida al hecho de ser una experiencia ya vivida, le permitióanalizar objetivamente la situación y salir de ella airoso en pocas semanas. La inmediatez de los exámenes finales, con la consiguiente saturación de información en su cerebro, también ayudó.
Con el paso de los años L fue paulatinamente olvidándose de aquella visión. Organizó su vida o su vida le organizó. Formó su propia familia y estableció sus rutinas. L disfrutaba del ansiado equilibrio.
Una mañana L se desplazó con su familia hasta el centro comercial a realizar la compra semanal. Cuando finalizaron la ruta entre los pasillos del supermercado llegaron hasta las cajas y se situaron en una de las colas. Frente a ellos cinco o seis carros llenos de productos, como el suyo, les separaban de la salida. Y fue entonces, mientras prometía a uno de sus hijos un caramelo a cambio de su buen comportamiento, cuando, a unos veinte metros al otro lado de las cajas, apareció ella de nuevo. Esta vez la visión sólo le permitió contemplarla tres o cuatros segundos, insuficientes para saber si ésta fue real o imaginario. En cualquier caso dio igual, puesto que el resultado hubiera sido el mismo. L volvió a rememorar viejos sentimientos, deseos, sensaciones e impulsos. Sin embargo esta vez ni siquiera se inmutó, ni salió tras ella como en otras ocasiones. Permaneció en la cola reflexionando mientras aguardaba su turno. Pensó en como en el pasado había sido capaz de idealizar personas, lugares, situaciones... Lo que antaño le resultaba primordial, ahora carecía de la más mínima importancia. Concluyó que la percepción impera sobre la realidad de un modo determinante. Y su percepción había deshecho, cual azucarillo en el café, la imagen idílica de ella. L supo entonces que aquella sería la última vez que la vería. Creyó que sería lo mejor.
De esto hace ya mucho tiempo, quizás el suficiente para haberlo olvidado. Sin embargo, aún hoy, dicen que se puede ver a un hombre de avanzada edad paseando por el centro de la ciudad. Va vestido con una gabardina gris, un pañuelo en el cuello y un sombrero en su cabeza. Visita los mercados y algunas estaciones de metro, nunca habla con nadie, ni nadie sabe nada de él. Oculta sus ojos con unas gafas de sol y tiene un gesto facial enigmático. No es otro que el anciano L que deambula, día tras día, buscando no sabe muy bien qué.


sábado, 21 de mayo de 2016

LA COLA DEL PEZ

Thomas U. sufre una extraña patología psicológica, que afecta a muy pocos individuos. Se trata de una extraña reacción en el cerebro que desencadena la visualización imaginaria de un accidente. Es decir, Thomas U. intuye catástrofes donde no las hay. Pero lo grave de esta afección es que se produce a cada momento, incluso en las situaciones menos propicias. Lo que en algunos individuos supone un mecanismo de defensa y prevención, en Thomas U., debido a su alta frecuencia, supone un auténtico suplicio y sufrimiento.
Todos miramos a un lado y otro de la calle antes de cruzar y cuando pasa el coche por nuestro lado, a veces la mente nos juega una mala pasada e imagina que el coche nos chafa un pie o atropella un perro. Thomas U., en esa situación, ve el edificio caer sobre el coche, el coche atropellando a todos los peatones que esperan en el semáforo, una bomba que explota, un terremoto que abre la tierra y engulle a todo ser...
Para Thomas U., una situación normal se convierte en una película apocalíptica. Cuantos más actores tiene una escena, más imágenes se generan debido a su patología. Cuando, por ejemplo, Thomas U. entra en el vagón de un metro y se cierran las puertas, comienzan los infartos, los disparos, se apagan las luces, descarrilamiento, destrucción, sangre, fuego, explosión...

Los únicos momentos en los que Thomas U.se encuentra a gusto es cuando disfruta de su afición preferida: ver películas de acción, bélicas o de catástrofes. Thomas es adicto a ellas desde niño y tiene una de las mayores colecciones del mundo. Thomas U. dedica cada vez más tiempo a visionarlas, puesto que le mantiene relajado y lejos de su trauma.

lunes, 9 de mayo de 2016

LA OTRA MIRADA

Una avería en las tuberías del gas ha dejado sin servicio a unos ochocientos vecinos del barrio. Los operarios se esfuerzan en reponer los daños, pero parece que la cosa va para largo. En plena ola de frío muchos de los afectados se han quedado sin calefacción.
Los reporteros no tardan en llegar al lugar de la noticia. Instruidos por sus superiores van en busca de carnaza: deben conseguir los testimonios más dramáticos, los más emotivos, los que más audiencia generen. Dadas las circunstancias, la tarea no debe ser muy complicada. Con toda seguridad tendrán donde elegir.
La primera entrevistada es una joven que ha comprado una cocina y una estufa eléctrica. Considera su situación soportable y cree que la gente mayor es la que más va a sufrir. Una abuela enfundada en una manta sonríe delante de una estufa de gas. Dice que se ha hecho unas tostadas con aceite y que su día a día no ha cambiado mucho, pasa las horas frente al televisor. Comenta que peor lo tienen las familias con niños. Un matrimonio carga un radiador en el maletero y también sonríen a cámara. Dicen tener la situación controlada. Sus hijos juegan en el asiento trasero del vehículo. Otro vecino pasea a su perro y confiesa que estos días duerme con él. Quizás hacía años que ambos lo deseaban y ahora han aprovechado la coyuntura... Y así un testimonio tras otro. Ninguna queja, ninguna palabra más alta que otra, ningún síntoma de alteración. Los reporteros sólo encuentran serenidad en el vecindario.
Después del montaje de las imágenes y de su posterior emisión, las consecuencias de la avería del gas no parecen tan graves. Pero visionadas una y otra vez en los sucesivos informativos, éstas muestran una curiosa revelación. Todos los afectados tienen el mismo estigma en su mirada. Una mirada que transmite determinación, la mirada de quien ha sabido resolver un problema urgente. Es la mirada de quien ha podido escapar de la sedante rutina y se ha visto obligado a actuar. Es una mirada viva.

Cinco días después la avería en las tuberías del gas sigue sin resolverse. Los reporteros vuelven a desplazarse al barrio para volver a encontrarse con los vecinos y, esta vez sí, consiguen lo que vinieron a buscar el primer día. Entre su indignación, su estado anímico, sus reproches y su agotamiento no queda ni rastro de aquella mirada. Quizás ésta volvería con una nevada, o con un corte de luz,...

viernes, 29 de abril de 2016

Entrevista en la radio, Una hora con Angelique

Escuchar y descargar audio: http://www.ivoox.com/11320908

Angelique Pfitzner y Ángeles Gallardo
El pasado martes, 26 de abril, Angelique Pfitzner, escritora de novela negra, y directora del programa de radio, Una hora con Angelique,  en la emisora online, Es mi radio,  nos invitó a mí y a la responsable editorial, Ángeles Gallardo, para presentar La naturaleza del fuego.

Ha sido una experiencia enriquecedora, nunca había participado en una entrevista de radio, y además al principio cuando me informaron que había que hablar durante una hora, confieso que me asusté un poco, pero todo fue fluyendo de forma amena e incluso divertida gracias a la profesionalidad de Angelique , quien como escritora, sabe cómo te sientes en todo momento cuándo te preguntan temas relacionados con tu obra o tus personajes.


Lo curioso es que sigo descubriendo nuevos matices del personaje, Víctor,  y de la obra en sí, a pesar que hace ya varios años que la escribí, es un camino de convivencia y paciencia la relación obra-escritor, tal vez el personaje que algún día creé ahora vive su vida y se crece con las experiencias de los lectores. Tal vez algún día me lo reencuentre y me pida una segunda parte de su historia, tal vez desaparezca para siempre…¡Todo está por escribir!

jueves, 21 de abril de 2016

DESALUDADOS


Igor es un tipo normal. Elabora quesos con leche de oveja siguiendo un procedimiento artesanal. Es la tercera generación de queseros. Vive en un pueblo donde todo el mundo se saluda por la calle, aunque no todo el mundo se conoce. Hay poblaciones donde todos se conocen, pero no todos se saludan. También hay otras donde muy pocos se conocen y casi nadie saluda.
Dos veces al mes Igor se desplaza hasta la ciudad, para visitar a sus clientes. La mayoría compran sus quesos desde hace muchos años. Muchos de ellos ya eran clientes de su padre y algunos incluso de su abuelo. Comercios tradicionales, paradas de mercado, alguna quesería…
Para Igor, acostumbrado a la tranquilidad de su pueblo, un día en la ciudad supone una alteración considerable de su estado de ánimo. Le es imposible controlar tanto movimiento, tanta información, tanta prisa, tanto estrés, tantas caras diferentes...
Desde hace algún tiempo, los días que camina por la ciudad, Igor viene experimentando el mismo curioso proceso. Éste se desencadena a media mañana, cuando el quesero se fija en una cara que cree reconocer, aunque no sabe de qué. Al cabo de un rato le vuelve a suceder lo mismo con otra cara diferente. Igor siempre ha tenido mucha memoria para recordar una cara, pero ésta le falla ante tal abundancia. A medida que transcurre la jornada, el fenómeno se reitera, cada vez con una frecuencia mayor. Hasta que a media tarde llega un punto en el que Igor, observe la cara que observe, cree reconocerla. A veces incluso llega a saludar a alguien, que lo mira extrañado o indiferente. Cuando llega a esta situación, Igor sabe que es el momento de regresar a casa. Igor es un tipo normal.





miércoles, 13 de abril de 2016

COLECCIÓN




En el momento de elegir una recopilación el coleccionista deberá tener en cuenta la naturaleza de su futura infelicidad.
Si escoge una colección infinita su alma ansiosa no encontrará la calma que únicamente proporciona su consecución.
Si por el contrario decide emprender una colección limitada, tarde o temprano conseguirá finalizarla. Y entonces le invadirá un enorme vacío al desaparecer el placer que únicamente le brinda la búsqueda.

Eterno dilema.

viernes, 11 de marzo de 2016

Relato Breve: Intimidad

 Espero que os guste:

Intimidad
Has dejado abierta la ventana de tu habitación y yo he aprovechado para entrar de nuevo en tu apartamento. He vuelto a recorrer tu cama palmo a palmo, deteniéndome en tu pijama y en la almohada. He visto el libro que estás leyendo y las pastillas que utilizas para conciliar el sueño.
He estado en tu lavabo, he tocado tus cremas y me he mirado en tu espejo. En el suelo yacía la toalla con la que te has secado después de la ducha. Es muy suave. El olor derivado de las dos gotas de perfume que te pones cada día todavía embriagaba la zona.
He estado observando detalladamente cada una de las fotografías de tu familia que custodian el pasillo. Pareces una persona feliz en todas ellas.
He mirado y palpado uno a uno todos los cuadros del salón. Me encanta la pintura. He olisqueado tus prendas de ropa húmeda colgada frente a la ventana. Me enloquece ese olor a suavizante que utilizas. Después me he divertido un rato jugando con tu gato, que ha intentado sin éxito darme un zarpazo. Pero enseguida se ha cansado de mí, su sueño era más poderoso.
Y entonces he oído el sonido de la llave volteando sobre la cerradura de la puerta de entrada y me he apresurado a esconderme. Tú has dejado las llaves sobre la mesa del recibidor y te has dirigido a la cocina. En ese momento me he quedado inmóvil y el corazón me latía con fuerza. Por un momento creía que me ibas a descubrir.
Desde mi posición he observado como abrías la nevera, cogías un cartón de leche y te servías un vaso sobre la encimera. La defectuosa constitución del recipiente, unida a la gran cantidad de líquido que albergaba, ha provocado que se derramaran unas gotas sobre el mármol. Luego has introducido dos rebanadas de pan de molde en la tostadora, y una vez chamuscadas las has untado con ese paté que tanto me gusta. Esta operación también ha dejado restos en forma de migas y un par de pequeños pegotes de paté. Has envuelto el bocadillo en papel de aluminio, te has bebido la leche de un sorbo y has salido corriendo por la puerta. Con las prisas no has limpiado los restos de comida sobre el mármol. Cuando la puerta se ha cerrado tras de ti, he salido volando de mi escondrijo. Frente a mí tenía todo lo que había venido a buscar.
Me he abalanzado sobre el charco de leche y he estado un buen rato sorbiendo, hasta que he tenido suficiente. Seguidamente he saboreado el paté y el pan, pese a tener el estómago lleno. Entre miga y miga reposaba mientras frotaba mis patitas delanteras. Al acabar he hecho la digestión dormitando sobre el reloj de la pared de la cocina. Ideal. Mañana vuelvo seguro.
Cuando he salido por la ventana, hace media hora, tu gato seguía durmiendo. 

miércoles, 24 de febrero de 2016

...Y de repente soy escritor

Podría empezar diciendo cómo me llamo, pero eso es bastante obvio dado el nombre del blog. También podría empezar diciendo que no tengo ni idea de qué escribir en este espacio como casi todos los bloggers , lo que encuentro bastante falso porque si escribimos es para que alguien nos lea. Ya que la idea de para qué inauguro este espacio es un poco confusa pues intentaré explicar qué es lo que espero de los lectores: que me conozcan como escritor.
Parece muy fácil o tal vez arrogante el auto considerarse “escritor” pero me ha costado mi trabajo. No soy un escritor precoz, de esos que nacen con un talento innato y ganan concursos desde su más tierna infancia. Soy un escritor auto descubierto, empecé tímidamente con relatos cortos,  y hasta hace unos tres o cuatro años no  hubiera imaginado escribir una novela. Ahora ya he escrito y publicado dos y voy por la tercera.
La fruta madura, Marlex editorial 2013
La naturaleza del fuego, Marlex editorial 2014

Me considero poseído por la necesidad de escribir. Hace unos años era como un regalo que me concedía a mí mismo. Decidía sentarme al final del día y escribir pequeños relatos cortos, historias perfectas resueltas en poco más de diez páginas. Había historias curiosas, siempre con algo de misterio vital en ellas. Sin embargo en los últimos años la vida es una excusa para escribir.
Por “misterio vital” me refiero a situaciones que ocurren o pueden ocurrir en la vida real que parecen historias imposibles por su extrañeza o imposibilidad lógica para que ocurran, no obstante como la realidad siempre supera la ficción, no hay relato que peque de ser demasiado imaginativo.

Otra de las razones por las que he creado este espacio es para “hablar de mis libros”, los míos en cuanto que están escritos por mí, y también los “otros míos” es decir aquellos que me han llevado a ser lo que soy ahora: los libros que he leído. Porque si todavía dudo de ser escritor, lo que no tengo ninguna duda es que soy lector. Mis padres eran maestros los dos y crecí entre libros y exámenes corregidos. Y leí desde que pude hacerlo, e incluso tuve pesadillas de lo leído. Mis fantasmas y deseos nacen de la lectura y se suman a mis experiencias vividas con tal ansia que a veces me cuesta saber lo que he vivido y lo que he leído.

Voy a parar aquí porque no quiero contarlo todo de una vez. Voy a dosificarme a mí mismo en entregas y así conocernos lentamente, dejando siempre alguna información para la próxima vez que decidáis leerme.