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lunes, 28 de noviembre de 2016

SERENATA

El tren hace su parada en la estación N. En el vagón el ambiente está calmado, entre móviles algún libro y alguna charla. De pronto se abren las puertas y aparecen en escena cinco músicos con pinta de la Europa del Este. Sin perder un segundo comienzan con una conocida danza húngara. 

El contrabajo marca el compás, el acordeón acompaña, la guitarra toca los acordes y el violín y la trompeta se reparten la melodía. Los pasajeros dejan por un instante sus quehaceres y contemplan el espectáculo musical. Pero justo cuando estaban a punto de acabar aparece el revisor del tren R y les invita a abandonar el ferrocarril. 
Uno de los músicos le advierte que la gente quiere escuchar la música. Pero ni por estas. El revisor R se muestra más expeditivo y roza la violencia física. Amenaza también con llamar a la policía. Pasan unos minutos en los que los pasajeros del vagón comienzan a posicionarse. Unos tienen prisa por llegar al trabajo, otros quieren escuchar la música, otros envalentonan al revisor R para que los eche del tren. Al final los músicos desisten y bajan del ferrocarril. Éste se pone en marcha dejándolos abandonados en un andén, a la espera que pase el siguiente tren. Algunos aplauden, otros abuchean.

Por la noche, el revisor R no puede dormir, su cabeza no deja de canturrear esa danza húngara una y otra vez.

lunes, 14 de noviembre de 2016

EL PEAJE DE LA BARRERA

Francis G., que trabaja en la cabina de cobro manual del peaje de la autopista, ha pasado los últimos treinta años realizando la misma tarea. Ésta es simple y mecánica: saludar al conductor, extender su mano derecha y recoger las monedas. Contar el dinero, introducirlo en la caja, cada moneda en la ranura correspondiente, devolver el cambio exacto, despedirse del conductor y accionar el dispositivo de apertura de la barrera. Saludar al conductor del siguiente vehículo y vuelta a empezar. Y así uno tras otro, durante las ocho horas que dura su jornada laboral. La dinámica se ha mantenido exacta durante treinta años. Tan solo han variado algunos aspectos, como el coste del peaje, que siempre ha ido en aumento.

Para Francis G. existen dos tipos de trabajo. Los hay que requieren toda la concentración para desempeñarlos, y otros que, mientras se llevan a cabo, permiten tener la mente ocupada lejos de allí. Un cirujano necesita el cien por cien de su atención para poder operar con garantías. La labor de Francis G., por contra, puede desarrollarse perfectamente sin ningún ejercicio mental severo. Esta certeza la tuvo desde el primer día, en el que ya tuvo que hacer esfuerzos, pero para distraerse, sobre todo en aquellas horas de su jornada con menos tránsito de vehículos. Francis G. pensó entonces que no duraría ni una semana soportando aquel tedio. ¿Quién iba a decirle que tres décadas después seguiría en aquel puesto? Y es que ocupar la mente siempre ha sido la principal motivación de Francis G. para hacer más corta y amena su rutina. En todos estos años ha desarrollado mil y una artimañas.
Cuando Francis G. entró a trabajar en el peaje ocupaba la mente pensando en lo que haría al salir; se imaginaba con su novia o jugando a fútbol. En otras ocasiones incluso soñaba despierto, entonces conseguía que las horas volaran. Años más tarde comenzó a contar, haciendo caso al consejo de alguno de sus compañeros. Contaba los coches, contaba las personas, contaba los coches azules o blancos, los camiones, los periodos más largos entre coche y coche, los autocares, los camiones italianos, las motos,..., lo contaba todo. Después llegó la época de las apuestas consigo mismo. “Apuesto a que el próximo coche es blanco”, o “apuesto a que el próximo coche lo conduce una mujer”,... En una libreta anotaba los aciertos y los errores, y así pasaba el día. Luego llegaron las apuestas complejas, más próximas a la adivinación: “apuesto a el próximo coche es un Opel rojo y lo conduce un hombre calvo”. Cuando acertaba una de éstas se hacía alguna promesa o se concedía algún capricho. En otras ocasiones jugaba a imaginar aspectos sobre la vida de los conductores a quien devolvía el cambio: “Mariano, 56 años, mecánico, Barcelona”. “Rosa, 24 años, estudiante, Valencia”. Nunca podía corroborar la información, pero era divertido. Gracias a estas actividades, Francis G. ha sido capaz de permanecer tanto tiempo en su cabina.

Desde hace unas semanas, sin saber por qué, Francis G. realiza su tarea en el peaje sin ningún tipo de entretenimiento paralelo. No cuenta coches, no juega ni hace apuestas,... Tampoco intenta adivinar aspectos de la vida de nadie. Francis G. ya no se entretiene. No piensa en nada, tiene la mente en blanco. Únicamente cobra el importe y devuelve el cambio, una y otra vez, mecánicamente, como si formara parte del engranaje de una supuesta maquinaria.
Esta mañana, una hora después de comenzar su jornada, Francis G. ha salido de su cabina, ante la atónita mirada de los conductores que esperaban en fila. Ha agarrado con sus manos la barrera y la ha forzado hacia un lado, hasta que esta ha cedido y se ha partido. Entonces la ha lanzado contra el suelo, dejando libre el paso de los coches.

Francis G. ha salido caminando hacia el aparcamiento del peaje y se ha metido en su propio vehículo. Mientras le daba al contacto se ha prometido no volver a pisar nunca más aquel lugar. Una sirena de alarma suena sin parar. Los coches que formaban la fila frente a la barrera que Francis G. ha roto han aprovechado la ocasión para atravesar el peaje sin pagar. Pronto ha llegado al carril un operario del peaje, ataviado con un mono amarillo fluorescente, y se ha situado ocupando el lugar de la barrera, con los brazos en cruz, para evitar que circulen los coches. El operario gritaba a los compañeros de las cabinas cercanas: “¿Dónde coño está G.?”

 Estos no le contestaban y seguían con sus tareas, mientras se distraían contando coches o imaginando vidas ajenas. La sirena ha seguido sonando hasta que dos operarios más han obstruido el carril de Francis G. con unos conos, haciendo desplazarse los coches hacia los carriles de los lados. Entonces ha dejado de sonar.

viernes, 7 de octubre de 2016

DEPENDENCIA

El escritor de novelas de misterio Demian E. se encuentra en el mejor momento de su carrera profesional. Su último trabajo se ha vendido en decenas de países. Desde la prensa especializada sólo recibe buenas críticas, y desde la editorial más y más jabón. Para Demian E., el escritor de novelas de misterio, su trabajo es lo más importante. De hecho es lo único, ya que toda su vida gira entorno a éste.
Hace unos años el escritor Demian E. cambió de lugar de residencia y rompió con su vida anterior. Abandonó la ciudad por un pequeño pueblo de montaña, tranquilo, ideal para sus quehaceres. Desde entonces perdió el contacto con todo su entorno. Además, en el pueblo no ha labrado ninguna nueva amistad. Con todo esto, el escritor de novelas de misterio Demian E. ha ido cada vez agriando su, ya de por sí, mal carácter. Esta circunstancia dificulta, un poco más si cabe, la aparición de nuevas relaciones.

Para el escritor de novelas de misterio Demian E. es imprescindible mantener un cierto equilibrio físico y emocional para poder llevar a cabo su labor con garantías. Para conseguir un estado óptimo, Demian E. sale cada mañana, en ayunas, a correr una hora por las pistas que atraviesan los campos de cultivo de alrededor del pueblo. Esta actividad le proporciona una liberación de endorfinas y un buen ejercicio cardiovascular, muy beneficioso para su estado anímico. Pero además obtiene otra recompensa. El corredor Demian E., escritor de novelas de misterio, se cruza cada día con el mismo tractor. Y cada día se produce el mismo ritual. El hombre que conduce el tractor,Elliot F., coleccionista de sellos postales, aminora la marcha en cuanto le ve y se aparta a un lado de la pista. Al pasar a su lado, ambos se saludan con una sonrisa cómplice, casi eufórica, como se saludarían dos conocidos de toda la vida a quienes ya no queda nada por decirse. En cambio la realidad es totalmente antagónica. El conductor del tractor Elliot F. y el escritor de novelas de misterio Demian E. son auténticos desconocidos. Para el escritor este contacto humano le supone la dosis suficiente de relación para poder sobrevivir. De hecho es el único contacto que mantiene. El hombre que conduce el tractor,Elliot F., en cambio, conoce en profundidad a todos los habitantes del pueblo, a quienes, sin embargo, no saluda tan efusivamente como a Demian E. El escritor es la única persona con quien nunca ha mantenido una conversación.

Una mañana, el escritor de novelas de misterio Demian E. realiza todo el recorrido de su carrera y extrañamente no se cruza con el tractor de Elliot F. El escritor Demian E. no le da mayor importancia, piensa que quizás esa mañana el hombre del tractor tiene otras tareas. Pero cuando al día siguiente tampoco se encuentra con él, el escritor comienza a sentir un extraño nerviosismo. Durante todo el día es incapaz de completar una sola frase y no se puede quitar de la cabeza la ausencia del Elliot F.. Por la noche le cuesta conciliar el sueño.
Al día siguiente el escritor de novelas de misterio Demian E. sale impaciente a correr, esperando encontrarse con el tractor. Pero sin éxito. Demian E. está desesperado. Su vida se tambalea. Su equilibrio se desmorona. Siente la soledad. Piensa que si no vuelve a saludar a Elliot F. nada volverá a ser lo mismo. El escritor Demian E., aquejado ya de múltiples neurosis, se encierra en sí mismo y decide no salir a correr. De esa manera puede imaginar que se encuentra a Elliot F. montado en su tractor y se saludan efusivamente, como siempre. En cambio, si decidiera salir a correr tiene pavor al pensar que no lo va a ver. Así sobrevive durante un tiempo.

El encierro en su mundo y la falta de ejercicio físico comienzan a hacer mella en el escritor de novelas de misterio Demian E.. Sabe que no puede continuar así por mucho tiempo. De modo que un día se arma de valor y sale de nuevo a correr. Su estado de forma ha empeorado, lo nota en las primeras zancadas. En cambio, el placer de poder volver a respirar a pleno pulmón le anima progresivamente. El corredor Demian E. va completando su recorrido sin hallar rastro del hombre del tractor. Demian E. comienza a sentir un nudo en el estómago. Pero de pronto percibe el inequívoco sonido del tractor, que se acerca. En ese instante no siente el cansancio ni teme a la soledad. Tan sólo está impaciente por el reencuentro y acelera el ritmo de su carrera para no demorarlo más. Tras una curva ahí está el tractor, que aminora su marcha, como siempre, y se aparta a un costado de la pista. Al pasar junto a él, el escritor Demian E. alza la vista y saluda efusivamente. Pero en el asiento del tractor no halla al hombre que esperaba saludar. Su lugar lo ocupa un chaval de unos quince años, que responde al saludo de Demian E con la misma o superior intensidad. El escritor Demian E. continúa corriendo y asimilando su nuevo contacto humano, sin duda del todo satisfactorio.
Esa tarde el escritor de novelas de misterio Demian E. escribe con la inspiración de los dioses. Su equilibrio vital se ha restablecido del todo. No tiene la completa seguridad pero si el presentimiento de que al día siguiente se encontrará de nuevo con el chaval de unos quince años subido en su tractor. Y sabe que lo saludará efusivamente.

Antes de dormirse, el escritor de novelas de misterio Demian E. piensa qué habrá sido del hombre del tractor. Quizás le ha pasado algo grave. O tal vez el chaval de quince años sea su hijo y en él haya delegado esa tarea. En cualquier caso al escritor de novelas de misterio Demian E. esa cuestión no le preocupa lo más mínimo ni le impide conciliar el sueño. Esa noche duerme como una cría de lirón en brazos de su madre.